Ese principio lleva décadas funcionando en el marketing comercial. Las marcas no venden únicamente productos; venden historias, experiencias y emociones. En política ocurre exactamente igual. El ciudadano no consume únicamente programas electorales, consume personas y como dicen los americanos… People buy People.
Por eso cada vez resulta menos eficaz construir perfiles en redes sociales compuestos exclusivamente por ruedas de prensa, notas institucionales, críticas al adversario o declaraciones solemnes. Ese contenido moviliza al votante convencido, satisface a la militancia y alimenta el debate político diario, pero difícilmente conquista a quien apenas dedica unos minutos a la actualidad.
Macron, el presidente de Francia ha utilizado en varias ocasiones formatos alejados de la comunicación política clásica como vídeos practicando boxeo y que generaron un enorme impacto visual. Otras veces se le ha visto con publicaciones sobre deporte y los Juegos Olímpicos de París, apariciones con jóvenes creadores de contenido e influencers, escenas informales en el Palacio del Elíseo mostrando aspectos del trabajo diario o compartiendo contenidos relacionados con cultura, patrimonio y gastronomía francesa.
El votante indeciso, el voto blando, no entra en las redes digitales buscando política. Entra buscando entretenimiento, curiosidad, aprendizaje o desconexión. Si un dirigente consigue aparecer en ese espacio hablando de un libro que le marcó, de la canción que escucha mientras conduce, de una carrera popular en la que participa o de una receta que prepara en casa, consigue algo que ningún discurso parlamentario puede comprar: atención voluntaria.
Por lo tanto está claro que la atención se ha convertido en el recurso más escaso de nuestro tiempo.
Extracto del artículo de Isaac Hernández. Ver el artículo completo

