Dijo el entrevistador: El que calla otorga” y le espetó el entrevistado que “el que calla no dice nada”
En rigor, ni lo uno ni lo otro. El silencio podemos interpretarlo en el contexto de la conversación y teniendo en cuenta lo que sabemos de la persona que calla. Sin subestimar la expresión de la cara que pone al decirlo. Por eso cabe decir que el silencio es expresivo y que la voz va más allá de su significado literal. Los paralelismos son sugerentes.
¿Acaso no ocurre algo comparable cuando escuchamos a alguien por teléfono? La voz es rica en matices que ayudan a calibrar qué nos dicen.
Ocurre algo parecido cuando oímos la televisión sin mirarla. O vemos teatro con los ojos cerrados. O como percibí, en un escenario vacío del Institut de Teatre de Barcelona, al ver The Zoo´s Story de E. Albee. ¡Todavía recuerdo el Central Park de Nueva York!, en el que nunca he caminado.
Con la voz se dicen palabras. El que las escucha las interpreta, no necesariamente, solo a partir de los sonidos -como si fuera una palabra escrita.
¿Quién no recuerda haberse formado un opinión, no trivial, de una persona con la que apenas ha hablado? Sí, de lo que uno conoce de su comportamiento.
Oír y ver -o mejor- escuchar y observar se complementan…van de la mano.
Y, puestos a echarle alegría a estas palabras, me veo tentado a escribir aquello de obras son amores y no solo buenas razones ¿o silencios?
Y no hace falta sentirse un Plutarco (o un Shakespeare) para haber conocido personas cuyas vidas -palabras o vivencias concretas- nos invitan a compararlas e inferir interpretaciones.
De ahí la ingenuidad de creer que el silencio nos hace impenetrables, sea en una conversación entre dos o entre varios. Y lo mismo aplica a no preguntar para no ser preguntado. Pero, especialmente, con quienes se mantiene una relación, aunque sea de pocas palabras.
Francisco Bosch Font

