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Retrocedemos a la década de los 90. La fotografía ilustra a una familia con hijos paseando por los interminables pasillos de un hipermercado de la periferia de Madrid. Llevan un carrito a rebosar, con productos para comer durante un mes y llenar la despensa para que, en un hipotético caso de catástrofe, la familia no se quede desabastecida. Pasan horas curioseando en los lineales los diferentes productos, marcas y promociones, casi como si fuera un parque de atracciones.

Han ido sin lista previa, así que los niños empiezan a llenar el carro de productos de impulso: unos snacks por aquí, unos yogures nuevos que acaban de lanzar por allá. El importe del ticket al pasar por caja es directamente proporcional al tamaño de la cesta: gigantesco, de tres dígitos.

Al acabar, y tras cargar la compra en el párking del centro, la familia celebra el dispendio de la misma manera que lo comenzó: gastando, aunque ahora toca en el fast food, parada obligada antes de rematar la velada de sábado en el cine ubicado en ese mismo centro comercial.

Volvemos al presente. La foto de 2016 representa a una pareja (también puede ser un soltero o un jubilado) que camina a toda prisa por un supermercado de tamaño medio de cualquier cadena en el centro de la ciudad. Ha ido a pie porque era la tienda que más cerca tenía de casa. No lleva carro sino una cesta. No pasea ni curiosea: sabe lo que quiere y, de hecho, lleva la lista hecha.

Coge los cuatro o cinco productos anotados (algunos frescos para la comida o la cena del día siguiente) y en menos de diez minutos liquida el trámite. Su factura no pasa de los 20 euros. Quizá tenga que volver al día siguiente para reponer la nevera, si es que le hace falta.

De los 80 a ahora

Entre las dos estampas han pasado menos de dos décadas. La primera habla de cómo comprábamos en los 80 y en los 90, cuando en los hogares aún existían las despensas. La segunda, de cómo lo hacemos ahora, con ese habitáculo ya casi extinguido, y en el que parecemos haber recuperados hábitos de una época todavía anterior: la de nuestras abuelas.

Son dos maneras de consumir muy diferentes que ilustran y sintetizan los cambios sociológicos, demográficos y económicos transcurridos en las últimas décadas. En cómo realizamos este acto tan cotidiano de abastecer nuestras neveras vemos cómo hemos cambiado los españoles: el consumidor, la sociedad y también el sector de la distribución. Así éramos hace años y así somos y vivimos hoy.

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