Como pollo sin cabeza…

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En este siglo acabaremos con las enfermedades, pero nos matarán las prisas”. Esta frase de Marañón me recuerda que estamos viviendo en una sociedad donde todos tenemos prisa. Vamos por la calle o en el autobús consultando el móvil. no nos fijamos en muchos detalles que hacen la vida, más humana y amable. Corremos, no solo para tomar el autobús sino para todo. Si observamos a la gente con la que te cruces por la calle o en el autobús, comprobarás que tienen cara de prisa, por lo que no sabemos disfrutar de la contemplación serena de la belleza que nos rodea, unas flores, el cielo azul o simplemente la luz del día o la oscuridad de la noche.

¿Por qué tantas prisas?: Parece que hay que hacer y hacer cosas, pensando que esa actividad frenética nos hará sentirnos más felices o lograr más recursos económicos. El tiempo pasa muy rápido. Se nos escapa de las manos. A muchos se les nota que corren, pero no saben a dónde quieren llegar. No tienen objetivos claros en sus vidas. Les falta dar sentido a lo que hacen a su actividad profesional y a su vivir. Así no es posible lograr la felicidad.

Seguramente esas prisas están favorecidas porque se piensa poco. Pensar es pararse a pensar, dice un amigo filósofo. Corriendo es muy difícil pensar, reflexionar. Nuestros comportamientos tienen que ser dirigidos principalmente por la inteligencia y la voluntad y no solo por las emociones y sentimientos. Estamos en una sociedad emotivista.

Los motivos principales que explican nuestro estilo de vida son emocionales y sentimentales, y esto se refleja muy bien en los comportamientos como consumidores: se compra por capricho, porque me atrae algo, por su color, por su envase, porque está de rebaja o simplemente porque nos apetece. Este estilo de vida consumista e individualista resulta con frecuencia poco racional ya que no se razona, no se reflexiona o no se piensa, ni se valoran las ventajas e inconvenientes de las diferentes opciones de compra.

La importancia de las emociones en nuestro actuar, están siento aprovechadas por el Marketing y la Publicidad Emocional. Para motivar la compra, se insiste en las emociones, los sentimientos y lo que ellos conocen cómo motivarnos, por lo que desaparecen los comportamientos racionales. Así nos convertimos en muy fácilmente manipulables. Se puede decir que vamos como pollo sin cabeza. Al pollo se le corta la cabeza y sigue corriendo…pero sin cabeza

Este artículo fue publicado en el Diario de Almería

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