De la dignidad al legado, camino de vida.

El mundo está cambiando para unos, mientras que para otros sigue siendo el mismo de hace 100 años.

¿Qué debo hacer con lo que sé, con el aprendizaje que la vida me ha regalado? Pienso en quienes fueron mis grandes maestros y, aunque yo no sea nadie, quizá pueda mostrar un camino mejor, al menos a quienes me correspondan: en primer lugar, mi familia; después, mis amigos, mi trabajo, y luego —si el destino lo permite— el mundo, la ciencia y, algún día, un legado.

Porque todos somos legado para alguien. Piensa en quién lo fue para ti. Siempre son personas cercanas. En mi caso, mi abuela. Ella hizo lo imposible por tantas personas que apenas logro escribir sin emoción. Tú también lo serás para otros. La verdadera cuestión es: ¿Cómo logramos ser legado tras una vida sin entrega?

¿Dónde está hoy nuestro foco social? En banalidades que nos roban la vida.

Recordaba a Maslow y su pirámide: cómo, según nuestras circunstancias, para unos la necesidad será robar pan y, para otros, robar ego. Y, sin embargo, lo sorprendente es que ambos tendrán Instagram.

Si hoy hay en el mundo millones de personas hambrientas, podría decirse que todos tenemos hambre. Hambre de algo distinto en cada caso: mide tu altura en el triángulo y sabrás de qué.

Pero lo que sí tenemos en común es una base esencial: la dignidad.

Cuando viajamos en agosto, vemos dignidades distintas, incluso su ausencia. Y hasta al más poderoso se le revuelven las entrañas, porque en algún momento de su vida tuvo que descubrirse a sí mismo.

Hoy son 280 millones de niños los que no pueden acudir a la escuela (datos ONU, 2024).
Hoy son 12 millones de niñas menores de 12 años las que se casan sin libertad.
Hoy son miles las personas que intentan cambiar la base de su triángulo para recuperar dignidad.

La pregunta es inevitable: ¿y tú, qué puedes hacer para cambiar esto?

La pausa aparece en mi mente. La respuesta no es sencilla. Pero hacer lo que toca, hoy y ahora, con esfuerzo, sin pereza y con alegría, seguro que ayuda.

Siempre hay alguien cerca a quien impulsar a crecer.

Aquí he conocido a muchas personas y proyectos que me han ilusionado, que podrían marcar la diferencia en buenas empresas. Porque los detalles pequeños son los que más valoramos.

Como una lazada bien hecha en un paquete de regalo: qué ilusión abrirlo, qué alegría pensar en las manos que lo envolvieron, en la sonrisa de quien lo preparó, en la precisión de su mirada.

Esos son los detalles que importan. Muchos conocéis mi debilidad por la labor asociativa, especialmente cuando se trata de iniciativas femeninas. Actualmente sigo formando parte de la Junta Directiva de Colabora Mujer, en España.

Ahora, en República Dominicana, también quiero promover el liderazgo femenino. En unos meses participaré en una jornada de alta dirección para mujeres directivas, un espacio pensado para empresarias y ejecutivas —dominicanas y extranjeras— que desean seguir formándose en gestión y liderazgo. En esta ocasión, gracias a otra gran mujer, la profesora Martha Rivera Pesquera.

Sea cual sea el peldaño en el que nos encontremos dentro de nuestra pirámide, debemos seguir aprendiendo para continuar subiendo escalones.

Servicio. Jamás pensé que sería una palabra que me llenara tanto. Necesito servir para poder sentir; saber que lo que hago sirve de algo. Porque si no cambiamos el mundo, ¿Qué hacemos en él?

Tal vez otros piensen diferente. Al final, los puntos de vista dependen de cada persona. Pero todos compartimos algo: nos cuesta levantarnos, necesitamos trabajar, comer, y una ducha nos sienta bien. No somos tan distintos.

Todos nacimos de una madre que, como pudo, nos sirvió. Somos la única especie indefensa al nacer, y sin ellas, la vida sería imposible. Mira a la tuya: seguro que aún sigue en servicio de guardia en tu vida.

Cada cual despierta en el momento preciso, para empezar a sentir y también a servir a los demás. Quizás tú podrías ayudar a alguien cerca, pese a este mundo convulso. Quizás podrías ser un rayo de sol para otro. Imagina ese legado.

La oscuridad es solo ausencia de luz.

Y cuando ayudas, ocurre algo sorprendente: también en ti emerge la luz.

Macarena Perona

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