Dilema en la universidad: sillas vacías o vínculos vivos

Hablamos mucho del absentismo laboral; y bastante menos del universitario. Pero haberlo, haylo. No es de hoy, que ya uno peina canas… aunque parece que actualmente el “fenómeno” va a bastante más.

Cada vez que leo algo sobre absentismo en las aulas universitarias me asalta un sentimiento de preocupación. Por lo que nos cuesta una plaza universitaria pública a todos los contribuyentes, o por lo que supone para tantas familias una matrícula privada. Pero, sobre todo, porque desaprovechar una etapa vital tan importante me parece una lástima. Lo que debería ser una inversión decisiva puede acabar convertido, si se descuida uno, en puro gasto corriente.

Un reciente estudio impulsado desde la Universidad Autónoma de Barcelona ha puesto cifras a una intuición que muchos profesores venían compartiendo desde hace tiempo: en algunas asignaturas el absentismo puede alcanzar niveles muy altos, incluso próximos al 60%. La investigación escuchó a más de 2.200 estudiantes, más de 700 profesores y 60 responsables de equipos directivos. No hablamos, por tanto, de una impresión de pasillo.

Según la propia universidad, este absentismo “impacta directamente en la calidad del aprendizaje y en la experiencia universitaria”. Parece obvio, pero quizá precisamente por eso conviene subrayarlo.

Personalmente, no creo que este asunto pueda despacharse con una frase fácil. Ni los alumnos son irresponsables en general, ni en la misma medida los profesores han convertido sus clases en un trámite insoportable. La realidad suele ser bastante más matizada, más compleja.

Quizá la pregunta no sea sólo por qué algunos jóvenes faltan a clase. La pregunta más interesante, y más exigente para todos, es qué podemos hacer para que acudir a clase merezca realmente la pena. Pasemos del problema al reto. Del preocuparnos al ocuparnos.

Porque la universidad no es, ni nadie puede pretender convertirla en una especie de autoservicio académico en el que cada uno se descarga los apuntes, entrega sus trabajos y aparece sólo cuando hay examen. Estudiar una carrera no es consumir contenidos mejores o menos buenos. Esos ya te los vomita la IA de turno. Estudiar un grado es entrar en una comunidad de interacción y aprendizaje. Es preguntar, escuchar a quien sabe más y, en cualquier caso, al otro; dejarse interpelar, debatir… y descubrir que el conocimiento también se transmite desde la presencia, el trato, el interés por el otro y el ejemplo.

La libertad universitaria -y su correspondiente responsabilidad- no consiste en ir desapareciendo poco a poco -”liberarse”- de la vida académica, sino en aprender a hacerse cargo de la propia formación. Y eso exige hábitos, esfuerzo, perseverancia; presencia y cierta conciencia de cara a aprovechar al máximo esa gran oportunidad.

Luego está lo que ocurre fuera de las aulas, que a veces se nos olvida un poco, por formativo que ello pueda ser. Un universitario vive en una ciudad, en una vivienda o en una residencia, con unos horarios, unas amistades, un descanso mejor o peor y una libertad que, si no se ordena, acaba desordenándolo casi todo. Los buenos hábitos no aparecen solos. La autonomía tampoco. Se educan, se entrenan y se acompañan.

Por eso el absentismo universitario no es sólo un problema académico. Es también una invitación a revisar cómo enseñamos, cómo aprendemos, cómo acompañamos -palabra clave- el paso a la vida adulta y qué valor damos a la presencia en una época que cree poder hacerlo casi todo a distancia (o a golpe de un clic).

Hace siglo y medio, Giner de los Ríos pidió transformar las antiguas aulas. Quizá hoy toque que todos nos planteemos qué podemos hacer para que merezca la pena llenarlas.

Porque en el absentismo universitario no hay sólo un problema de sillas vacías. Hay, sobre todo, una oportunidad de reconstruir vínculos vivos y de crecer juntos.

José Iribas S. de Boado

Publicado en el Confidencial Digital

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