Hay voces que apuntan que los vaivenes financieros son sólo los picos de fiebre de una sociedad verdaderamente enferma.
Las discusiones sobre la crisis económica llevan meses tiñendo páginas de diarios y ocupando minutos en los informativos. La nueva jerga —en inglés, naturalmente: Subprime, Swaps, Hedge funds…— y la ya conocida —deflación, paro, déficit…— se han colado en cenas de amigos y conversaciones de café. Hasta los niños —normalmente ajenos a las disquisiciones económicas— adelgazaron sus peticiones a los magos de Oriente, en solidaridad con el pobre Gaspar, a quien esta coyuntura ha situado al borde del paro, cuando no en la zanja. 
Las reflexiones sobre la crisis discurren por distintos derroteros. Hay un debate, propio de tertulias radiofónicas, que se ensaña con políticos y reguladores, gerentes y banqueros. Por no haber sabido calibrar los efectos de una política de tipos de interés bajos y excesiva liquidez; por no haber previsto que provocaría una inadecuada evaluación del riesgo, un endeudamiento irresponsable y una diarrea de consumo. Por la deficiente regulación —el Estado viaja en Seiscientos; el mercado, en un Ferrari F430 Spider— que ha permitido sobre-endeudarse a bancos y cajas; fraudes; nuevos productos financieros, que pocos entendían y nadie controlaba, o conflictos de intereses de las calificadoras de riesgos… Se denuncia aquí y allá la esquizofrenia pública: prohibir el consumo de tabaco pero permitir que activos tóxicos, humo financiero y especulación llenen los mercados. Aunque el debate estrella es el coste de las medidas del Ejecutivo, que pueden haber costado en 2009 a cada español activo (y española, también en esto rige la igualdad) más de 20 euros diarios.
Hay un segundo frente abierto, mucho más interesante a mi entender, que no se fija en los actores sino en el escenario. Porque, al fin y al cabo, aunque a los de la profesión nos duela, la Economía forma parte de esa aleación que llamamos sociedad; está embedded, que diría Karl Polanyi, de modo que no podemos discutir sobre ella empleando el tradicional Ceteris paribus
Se presta poca atención al escenario, pero resulta tan interesante como los actores, porque permite juzgar la película completa. Y ahí es donde aparece la verdadera diversidad de opiniones. Hay quienes insisten en que esta película ya la hemos visto; otros aseguran que es un producto nuevo, sin catalogar.
No es esta la primera crisis que padecemos; ni será la última. En realidad, la vida presenta naturaleza cíclica. Estaciones; noches y días; nacimientos y entierros; éxitos y fracasos; advientos y cuaresmas. En este sentido, la crisis es para la Economía lo que la gripe para el cuerpo humano: un proceso desagradable, incómodo y recurrente. Vuelve con determinada cadencia, estropea la existencia durante unos días, y luego, con o sin medicinas, se va. En ocasiones, la cepa resulta agresiva: produce mucho paro y reduce considerablemente el bienestar; en otras, la enfermedad es leve, afecta a menos tejido industrial y a menor porcentaje de población activa. Pero, en ambos casos, el proceso resulta similar: la sociedad se desprende de sus viejas fórmulas, de los muebles pasados de moda. Adelgaza y, de nuevo esbelta, se lanza a la innovación: nuevos productos, procesos, mercados. Como recuerda Ortega, la humanidad necesita periódicamente sacudir el árbol para que caigan las frutas podridas del arte, de la ciencia… Y de la economía.
Los PCs enterraron a las Olivetti y a un número no pequeño de auxiliares administrativos; el libro electrónico comienza a desplazar a las librerías tradicionales, y quién sabe si también a muchas editoriales; y China…. Sin comentarios. En ese sentido, pese a ser dolorosas, las crisis parecen responder a un proceso natural y necesario de destrucción creadora. Los niños dan el estirón tras el episodio febril; la sociedad, también. (….)
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Estos párrafos anteriores pertenecen a un artículo de Reyes Calderón, decana de la Facultad de Económicas de la Univerdad de Navarra, madre de nueve hijos  y  que ha publicado cinco novelas de gran éxito de ventas. Como conozco personalmente a la autora y me leído sus primeros libros, le he pedido a los Reyes Magos, que el próximo día 6 me regalen su última novela.

Aquí puedes leer el texto completo del artículo, publicado en Nuestro Tiempo, que te recomiendo. A continuación, te copio el final, la conclusión del análisis que realiza en el artículo y que comparto plenamente.

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Las claves para superar la crisis podrían encontrarse en la familia
Pero la duda persiste. ¿En qué mercado se compra sobriedad? ¿Dónde cotiza la solidaridad? ¿A qué precio está la responsabilidad? ¿Un libro de texto puede formar en la adhesión a una causa noble? ¿Una asignatura puede lograr que alguien asuma responsabilidades o sea honesto?
No, los libros no adiestran. No hay mercado para esos bienes, escasísimos. Son flores tempranas que sólo se aprenden en su fuente, donde se forja el carácter, en la familia, precisamente la institución que la modernidad ha rechazado por obsoleta. He aquí nuestra mayor torpeza, muy por encima del tipo de interés.
¿Por qué en la familia? Porque está fuera de la economía. En ella no rigen criterios de eficiencia o éxito. Se enseña, con el ejemplo, que es más feliz quien da que quien recibe; se quiere más al torpe, al que fracasa, al que no puede competir; se desea el éxito que se comparte, porque tus ganancias son mis ganancias. Nadie da duros a cuatro pesetas en el mercado. En la familia se dan gratis. Porque el oro y el petróleo cotizan, pero las personas son valores estables. 
Hemos pillado una buena gripe porque nos hemos creído ciudadanos autosuficientes. La familia, Dios, la amistad parecían instituciones trasnochadas. Hasta algunos autobuses recuerdan que “Es posible que Dios no exista”. Aunque también es posible que el autobús deje de existir porque lo queme un tipo al que nadie ha hablado de Dios.
En suma, el argumento es muy simple. Si queremos salir de la crisis, necesitamos confianza, valores. Y para ello debemos potenciar la fábrica de valores. Invertir en acciones familiares. La familia que enseña responsabilidad, esfuerzo, austeridad, solidaridad es el escudo protector de la sociedad, el rodrigón con que guiar el desarrollo sostenible. Es el poder moral compensador de los estragos generados por el self. No son los políticos los que hacen ciudadanos morales, honestos, trabajadores, es la familia. Las gripes pasan, los valores no. 
No será el mundo de quienes dominen la informática o las células madres, será de quien sepa transformar al hombre ciego, encerrado en su cueva, en un hombre de alta visión, capaz de ver el sol, los agujeros negros… y a aquel de quien los autobuses dicen que no existe.