«En este siglo acabaremos con las enfermedades, pero nos matarán las prisas». Esta frase de Marañón me recuerda que estamos viviendo en una sociedad donde todos tenemos prisa. No nos fijamos en muchos detalles que hacen la vida, más humana y amable. Corremos, no solo para tomar el autobús, sino para todo. Con prisa es difícil disfrutar con la contemplación serena de la belleza que nos rodea, unas flores o simplemente la luz del día o la oscuridad de la noche.

Nos falta paciencia. Todo lo queremos ya. Sin embargo, saber esperar es una de las capacidades más apreciadas y valoradas en nuestra época. Los que han conseguido avanzar en la paciencia saben que para que muchos problemas se resuelvan solamente es necesario esperar, esperar un poco, a veces unos días, una temporada, pero algunas ocasiones basta saber esperar unos segundos, solo unos segundos para que las cosas tomen su cauce, para saber permitir que los acontecimientos fluyan, respetando la naturaleza de las cosas sin querer intervenir con nerviosismo para ajustar o corregir la realidad a nuestro antojo y velocidad.

Aprender a ser paciente tiene mucho que ver con la sabiduría, con aprender a reflexionar antes de obrar, con ver las cosas con perspectiva, con ser conscientes de la temporalidad de la vida y que nada en esta tierra es para siempre. Es también un rasgo de una personalidad madura: la encontramos como fruto en personas que tienen gran capacidad de superar la frustración y mirar adelante con esperanza. La necesidad de la paciencia se basa en la experiencia humana de tener que superar los obstáculos y peligros que encontramos a lo largo de la vida, que amenazan la propia realización o felicidad.

Aristóteles consideraba a la paciencia como una parte de la fortaleza. El fuerte es quien posee la capacidad de mantenerse firme en los infortunios, no tanto por el miedo a la infamia o por la esperanza de una recompensa placentera, sino por amor del bien.

La paciencia es necesaria para llevar una vida serena. El talante de una persona paciente se transmite a su alrededor y hace agradable la vida a su lado. Ser paciente es posible, independientemente del modo de ser y de la magnitud de las dificultades con las que nos enfrentamos. Santa Teresa lo dijo con una poesía preciosa: Nada te turbe, Nada te espante/Todo se pasa, Dios no se muda/ La paciencia todo lo alcanza. / Quien a Dios tiene nada le falta: Solo Dios basta.

Este artículo se publicó en el Diario de Almería