Los sueños están para cumplirse

Con 20 años, mi oficina era un semáforo.

Y no lo digo con vergüenza.

Lo digo con un orgullo difícil de explicar.

Mi camerino era un semáforo de luces centelleantes que, para mí, hacía pequeño hasta el Coliseo de Roma.

Las rayas del paso de peatones eran las bambalinas.

El cielo, el techo del teatro.

Y el ruido de los motores, la música que anunciaba que el espectáculo estaba a punto de empezar.

Entonces comenzaba la cuenta atrás.

Dos minutos.

Solo dos minutos para venderme a puerta fría.

Dos minutos para demostrar que todos aquellos años entrenando malabares, teatro y clown podían transformar un atasco en una sonrisa.

Recuerdo los nervios.

Pero recuerdo aún más el hambre.

El hambre de vivir de mi arte.

El hambre de demostrarme que sí era posible.

Y entonces ocurría la magia.

Durante unos segundos, personas que iban con prisa olvidaban el reloj.

Sonreían.

Aplaudían.

Volvían a ser niños.

Después bajaban la ventanilla y me dejaban una moneda.

No estaban pagando un espectáculo.

Estaban alimentando un sueño.

Cuando el semáforo se convierte en universidad

Aquel semáforo terminó siendo una de las mejores universidades de mi vida.

Allí aprendí a soportar el rechazo.

A sonreír cuando nadie sonreía.

A levantarme después de cada luz roja.

A entender que un «no» no significa que el sueño haya terminado.

Muchos años después, sigo pensando que aquellas lecciones valen mucho más que cualquier título.

Porque los sueños no suelen cumplirse de la manera que imaginamos.

Exigen esfuerzo.

Exigen paciencia.

Exigen aprender.

Y, sobre todo, exigen levantarse muchas veces después de haber recibido un «no».

Del semáforo a LinkedIn

Hace unos meses descubrí una nueva parte de la historia de Roberto Vázquez Domínguez.

Muchos lo conocen hoy como “El payaso de LinkedIn”.

Pero detrás de ese personaje hay una historia de esfuerzo, aprendizaje y superación.

Hasta aquí el relato de Roberto, que generosamente lo redactó para ponerlo en este blog

Roberto cuenta que llegó a vivir durante más de un año en una pequeña furgoneta mientras perseguía un sueño que muchos consideraban imposible. Con apenas 24 años consiguió profesionalizar aquello que había nacido de su pasión por hacer sonreír a los demás. Durante más de 18 años vivió de la magia, la animación y el clown.

Y hay algo de su historia que me parece especialmente interesante.

Roberto reconoce que no tiene estudios universitarios, pero sí miles de horas de aprendizaje. Aprendió por necesidad, por intuición y por supervivencia.

Como tampoco podía permitirse agencias ni grandes medios, aprendió a diseñar sus propios carteles y anuncios.

Y así descubrió algo que hoy forma parte de su nueva etapa: el marketing, la comunicación y la capacidad de conectar con las personas a través de las emociones.

Su semáforo ha cambiado.

Ahora es una pantalla.

Su espectáculo son sus palabras.

Pero hay algo que no ha cambiado:

las ganas de ayudar a los demás.

El verdadero valor de un sueño

Esta historia me hace pensar que quizá estamos demasiado acostumbrados a medir el éxito por los títulos, los cargos, los seguidores o los resultados económicos.

Y, sin embargo, hay otras formas de medirlo.

¿Cuántas personas has ayudado?

¿Cuántas has hecho sonreír?

¿Cuántas han recuperado la esperanza después de escucharte?

¿Cuántas personas han descubierto que también pueden intentarlo?

Roberto lo expresa de una manera muy clara cuando explica que hoy quiere acompañar a otras personas a comunicar desde la verdad, la emoción y la autenticidad. Y termina su publicación con una frase que resume muy bien su filosofía:

“Que nunca falte ternura en lo que hagamos”.

Creo que ahí hay una magnífica lección también para quienes trabajamos en Marketing y Servicios.

El marketing no debería consistir únicamente en vender.

Los servicios no deberían consistir únicamente en cumplir procesos.

Y la comunicación no debería consistir únicamente en conseguir visibilidad.

Detrás de todo ello hay personas.

Personas que tienen sueños, dificultades, miedos, capacidades y también una enorme necesidad de sentirse reconocidas.

Cuando el sueño se convierte en servicio

Quizá esa sea la parte más bonita de esta historia.

Un sueño puede comenzar buscando una manera de ganarse la vida.

Puede continuar intentando demostrar que uno es capaz.

Pero puede terminar convirtiéndose en una manera de ayudar a otros.

Eso es lo que encuentro especialmente valioso en la historia de Roberto.

El joven que estaba en un semáforo intentando conseguir una moneda para poder vivir es hoy una persona que utiliza sus palabras para acompañar a miles de personas.

El semáforo no desapareció.

Se transformó.

Y quizá eso sea también una buena definición de los sueños:

no siempre se cumplen como los imaginamos; a veces se transforman en algo mucho más grande.

Por eso creo que los sueños están para cumplirse.

Aunque empiecen en un semáforo.

Aunque nadie crea en ellos.

Aunque tengamos que empezar con muy poco.

Aunque el camino sea mucho más largo de lo que imaginábamos.

Y, sobre todo, aunque tardemos años en descubrir para qué servía realmente aquel primer paso.

Porque quizá el verdadero éxito no sea llegar muy lejos.

Quizá sea conseguir que, mientras avanzamos, alguien pueda avanzar también gracias a nosotros.

Y entonces aquel sueño ya no es solamente nuestro.

Se convierte en servicio.

Se convierte en oportunidad.

Se convierte en esperanza.

Y, en definitiva, se convierte en una forma de cambiar vidas.

Gracias, Roberto, por recordárnoslo.

En este video Roberto se resumen su época de cuando era payaso en ejercicio. Después continua su relato:

Hace 18 meses empecé a publicar en LinkedIn.

Sin estrategia.

Sin equipo.

Sin buscar nada.

Solo compartiendo historias y utilizando la escritura como una forma de terapia personal.

Hoy, esas historias han superado los 30 millones de visualizaciones.

Más de 10.000 personas han decidido quedarse.

Y todavía me cuesta creerlo.

Porque todo esto sigue saliendo de un teléfono de segunda mano de 150 € y de muchas madrugadas.

Pero los números no son lo importante.

Lo importante es todo lo que ha ocurrido entre aquel semáforo y este teléfono.

Aquel semáforo fue una de las mejores universidades de mi vida.

Allí aprendí a soportar el rechazo.

A sonreír cuando nadie sonreía.

A levantarme después de cada luz roja.

A entender que un «no» no significa que el sueño haya terminado.

Y hoy sigo aprendiendo.

Sigo escribiendo.

Sigo conviviendo con días en los que lo cotidiano se convierte en una montaña difícil de escalar.

Pero también sigo creyendo en algo que aprendí hace veinte años:

Los sueños están para cumplirse.

Aunque empiecen en un semáforo.

Aunque nadie crea en ellos.

Aunque tengas que empezar con una moneda en el bolsillo.

Porque quizá algún día descubras que aquello que empezó como una forma de sobrevivir…

terminó convirtiéndose en una forma de ayudar a otros a seguir adelante.

No quiero que me recuerden por los más de 30 millones de visualizaciones.

Quiero que me recuerden por haber tendido una mano.

Por haber transformado mis heridas en palabras.

Por haber devuelto alguna sonrisa.

Y por haber demostrado que incluso las historias más difíciles pueden convertirse en refugio para alguien.

Porque, al final, quizá sigo haciendo lo mismo que hacía con 20 años.

Solo que ahora…

mi semáforo es una pantalla.

Y mi espectáculo son estas palabras.

Gracias por estar aquí.

Gracias por caminar conmigo.

 Roberto Vázquez Domíguez

#ElPayasoDeLinkedIn #HumanidadEnMovimiento

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