Mi madre nunca “estudió” networking… pero entendió antes que nadie el secreto de la amistad

De mi madre siempre digo muchas cosas. Todas buenas, por supuesto. ¿Qué otra cosa podría decir uno de quien me enseñó a mirar el mundo?

Pero, si tuviera que elegir una de sus grandes virtudes, me quedaría con una que siempre me ha fascinado: su extraordinaria capacidad para hacer amigos. No importa dónde esté. En la playa, esperando turno en la panadería, en la cola del supermercado, en la carnicería o durante un viaje en el autobús. Da igual el lugar, la edad o la circunstancia. Ella siempre encuentra una conversación, una sonrisa y, muchas veces, la oportunidad de una nueva amistad.

Durante años pensé que  era simplemente una habilidad personal. Hoy estoy convencido de que es mucho más que eso. Es una forma de entender la vida.

Y, curiosamente, cada vez estoy más convencido de que hacer amigos es una de las grandes asignaturas pendientes de nuestra sociedad.

 

Vivimos una paradoja. Nunca habíamos tenido tantas posibilidades para comunicarnos y, sin embargo, pocas veces nos hemos sentido tan solos. Tenemos cientos de contactos, decenas de grupos de WhatsApp y varias redes sociales abiertas al mismo tiempo. Pero las conversaciones que realmente nos sostienen parecen cada vez más escasas.

Puedo entender que muchos jóvenes encuentren dificultades para construir amistades profundas cuando buena parte de sus relaciones transcurren entre pantallas, redes sociales y videojuegos. La interacción cara a cara pierde espacio y, con ella, parte de esa espontaneidad que antes nacía en un parque, una plaza o una conversación improvisada.

Aunque sería injusto culpar a la tecnología. Son esas mismas redes las que permiten que miles de personas encuentren comunidades donde sentirse comprendidas y conectadas. El problema, digo yo, nunca ha sido la herramienta, sino el uso que hacemos de ella.

Lo verdaderamente llamativo es que esa dificultad para hacer amigos no desaparece con la edad. Más bien parece transformarse.

A veces me pregunto si la amistad no seguirá una especie de “ingeniería inversa”. De niños hacemos amigos con una facilidad asombrosa. Basta compartir un columpio, un balón o un recreo para que alguien pase a formar parte de nuestro pequeño universo. Es, probablemente, el punto más alto de nuestra capacidad para conectar.

 

Después, casi sin darnos cuenta, la curva parece empezar a descender.

Y eso resulta paradójico.

Porque debería ocurrir justo lo contrario.

 

Con los años entendemos mejor el valor del tiempo. Aprendemos a reconocer a las personas que nos aportan, sabemos mejor quiénes somos y qué buscamos en una relación. En teoría, deberíamos tener más facilidad para construir amistades auténticas.

 

Entonces, ¿qué es lo que lo impide?

Probablemente no sea la falta de tiempo.

Es el miedo.

Las agendas saturadas.

Las decepciones acumuladas.

La falsa sensación de que todo el mundo ya tiene su círculo completo y que llegar ahora es casi una intromisión.

Como profesional y “pichón” del área sociológica (me encanta y leo con frecuencia sobre este tema), creo que las relaciones humanas evolucionan al mismo ritmo que evolucionamos nosotros. Cambian los trabajos, las ciudades, las parejas, los hijos, las prioridades… y también cambian nuestras necesidades afectivas.

Por eso llega un momento en la vida en el que sentimos el deseo de incorporar nuevas personas a nuestro camino. No porque las amistades de siempre hayan dejado de importar, sino porque nosotros ya no somos las mismas personas que hace veinte años.

Lo curioso es que seguimos esperando que las amistades aparezcan solas, como ocurría cuando éramos jóvenes.

Y ya no sucede así.

Antes compartíamos aulas, residencias universitarias, primeros empleos o tardes interminables sin mirar el reloj. La convivencia hacía el resto.

Hoy la amistad necesita intención.

Necesita reservar un hueco en la agenda igual que reservamos una reunión de trabajo.

Necesita proponer ese café que siempre dejamos para “otro día”.

Necesita escribir ese mensaje que pensamos enviar hace semanas.

 

La ciencia social lleva tiempo explicándolo: la confianza no nace en un primer encuentro. Nace de la repetición. De coincidir varias veces. De compartir pequeños momentos cotidianos.

 

Por eso muchas amistades adultas florecen en clases semanales, clubes de lectura, grupos de senderismo/running, voluntariados o cualquier actividad donde la vida nos permite coincidir una y otra vez.

Pero existe un ingrediente todavía más importante.

La vulnerabilidad.

 

Con los años aprendemos a protegernos. Hemos vivido decepciones, despedidas y amistades que simplemente se apagaron. Entonces levantamos una armadura invisible. Hablamos del trabajo, del tiempo o de las noticias, pero evitamos decir cómo estamos realmente.

 

Y, sin embargo, las amistades profundas nacen cuando alguien se atreve a decir: “Estoy cansado”, “Echo de menos a mi madre”, “Este proyecto me ilusiona” o “No estoy pasando por mi mejor momento”.

 

No hace falta desnudar el alma.

Solo dejar que aparezca lo humano.

También conviene abandonar una expectativa que muchas veces nos frustra: pensar que una amistad nueva tiene que parecerse a las de los veinte años.

No será así.

Y tampoco hace falta.

 

Quizá es@ amig@ no esté disponible todos los días. Quizá sólo podamos vernos una vez al mes. Pero eso no disminuye el valor del vínculo. A veces una conversación sincera vale mucho más que cien mensajes intercambiados sin atención.

 

Desde el coaching y el mentoring (que también me gusta…y mucho. BTW estoy pendiente de formarme en este sentido), se repite una idea que comparto plenamente: la calidad de nuestra vida está profundamente relacionada con la calidad de nuestras relaciones.

 

Y las relaciones no aparecen por azar.

Se construyen.

Con pequeños gestos.

Con interés genuino.

Con un mensaje inesperado.

Con una invitación concreta.

Con un “¿tomamos un café la próxima semana?” en lugar del eterno “a ver si un día de estos nos vemos”.

Entonces vuelvo a pensar en mi madre.

 

Ella nunca estudió inteligencia emocional. Nunca oyó hablar de networking ni de habilidades sociales. Pero entendió algo que hoy parece casi revolucionario: las personas necesitan personas.

 

Y que las amistades no dependen de la edad, sino de la disposición para abrir la puerta.

Quizá por eso sigue haciendo amig@s allí donde va.

 

Y quizá esa sea una de las lecciones más valiosas que podemos recuperar en un mundo que habla mucho de conexiones, pero que sigue necesitando, más que nunca, encuentros auténticos.

 

Carlos Solis

Foto tomada de we: C&A

Comparte

Scroll al inicio