Ansiedad, estrés, angustia, modificación de las horas de sueño o cambios bruscos de humor. Ataques de pánico, taquicardias, sudoración excesiva… Todos éstos son síntomas que presentan las personas que tienen nomofobia, una de las últimas enfermedades provocadas por las nuevas tecnologías.

El término, abreviatura de la expresión inglesa no-mobile-phone- phobia, significa pánico a no llevar el móvil encima. Se expresa como una adicción irrefrenable y se caracterizaba por la histeria que provoca en aquellos que consideran indispensable la disponibilidad del aparato.

Las seductoras ventajas que ofrecen los smartphones pueden ser un arma de doble filo si no se hace un uso responsable de ellas: discusiones de pareja o entre amigos, alteraciones psicológicas o dejadez en la vida laboral, escolar, familiar o de tiempo libre.

Incluso se han dado casos de suicidio por el continuo acoso a través de mensajes de WhatsApp. Y hay quien ha recurrido a fármacos para combatir los síntomas.

No tan diferente de las drogas

La nomofobia no es tan diferente de otras dependencias como la del tabaco, el alcohol o las drogas. “Se activan los mismos mecanismos neurológicos que en cualquier otra adicción”, explica Mercedes Rodríguez, psicóloga de Proyecto Hombre Madrid. Para los nomófobos, “el malestar psicológico, emocional y físico de no estar online puede llegar a asemejarse al malestar de quien necesita consumir droga”.

Como en todas las adicciones, los protagonistas no son conscientes de su nivel de dependencia; no reconocen su problema porque les parece inexistente. Y los que finalmente acuden a un centro de ayuda no lo hacen por iniciativa propia, sino empujados por su pareja, un familiar o algún amigo. “Incluso hay ocasiones en las que se está tratando otra adicción y se detecta la nomofobia durante la terapia”, recalca la especialista de Proyecto Hombre.

Es normal no darse por aludido: más del 80% de los españoles asegura que el móvil es necesario para su vida cotidiana, según el barómetro del CIS del pasado marzo.

Las recientes investigaciones realizadas lanzan cifras alarmantes. Consultamos el móvil 150 veces al día y, a día de hoy, en España existen 23 millones de usuarios activos que realizan 3,8 millones de descargas diarias de aplicaciones.

Además de estos datos revelados en el último informe anual de la Fundación Telefónica sobre la Sociedad de la Información en España, el estudio añade que somos el país europeo con mayor número de smartphones (unos 26 millones de aparatos). Actualmente, el 81% de la población dispone de al menos uno, un dato muy lejano al 2% de 1995, cuando llegó el primer ladrillo inalámbrico a nuestro país.

20 años de estudio

La nomofobia lleva estudiándose más de 20 años pero, según Carmen San Román, doctora especializada en adicciones del centro Aupa, era una gran desconocida en España hasta hace un lustro. “Fue entonces cuando el número de casos empezó a crecer notablemente”. Aun así, “la cantidad de personas que comienzan una terapia o tratamiento es muy pequeña en proporción a los casos reales que hay”, añade.

Les cuesta reconocer que tienen un problema que no controlan, y se justifican en que “todo el mundo lo hace”. Además, aunque algunos padres se percatan de que no hay comunicación con sus hijos, no les llevan a un especialista porque “se autoconvencen de que no tiene por qué llegar a ser algo grave“.

Según los expertos consultados hay algunas preguntas que conviene hacerse cuando existe una duda razonable: ¿Cuántas veces al día miro el teléfono?; ¿Me siento menos contento si uso menos el móvil?; ¿Soy capaz de aguantar las clases o la jornada laboral sin desbloquearlo?; ¿Volvería a casa a buscarlo aunque llegase tarde a una cita importante?

33 horas a la semana enganchados

No somos conscientes de la cantidad de tiempo que le entregamos al móvil. Principalmente, a gestionar las redes sociales, consultar el correo o buscar información, hacer reservas, leer opiniones…. Según los datos de un estudio de la Organización de Consumidores y Usuarios ( OCU), los españoles pasan unas 33 horas a la semana enganchados al móvil, y una gran parte considera que su vida laboral y personal depende “mucho” o “bastante” del smartphone. Y eso parece respaldar la obsesión de que nos contesten inmediantamente después del doble check de WhatsApp, o que nos pongamos nerviosos si hay llamadas pérdidas.

De hecho, ya se han realizado campañas de ámbito local contra los atropellos causados por conducir mientras se usa el móvil. En Valencia, la Concejalía de Circulación lanzó la campaña Tú eres más importante. Para cruzar la calle, aparca el móvil.

Pero no somos los únicos que nos empeñamos en agachar la cabeza para mirar la pantalla. En China y en Bélgica ya han creado el carril smartphone, para evitar que los peatones normales y los enganchados se choquen.

El Instituto Psicológico Desconect@ trata a más de un centenar de familias y, al igual que en otros centros, sus pacientes tampoco reconocen que son adictos al teléfono móvil. “No somos conscientes del problema si es en nosotros mismos”, afirma el psicólogo Marc Masip.

Dormir conectados

El estudio sobre el uso de los smartphones en España del Instituto Psicológico Desconect@ apunta en esa misma dirección: el 81% de una muestra de 5.000 personas duerme con el teléfono encendido, y el 66% lo deja a pocos centímetros de la cama.

Curiosamente, las mujeres destacan por mirar más el teléfono -incluso mientras comen (70%) y en el baño (45%)-, pero los hombres son más rápidos entre consulta y consulta (cada seis minutos como máximo, frente a los siete de ellas).

Pero, ¿dónde trazan los expertos la línea roja que separa el simple exceso de la adicción? ¿Cuándo se convierte una persona en nomófoba? “Cuando el uso cotidiano del móvil comienza a ser compulsivo y a afectar a la vida cotidiana, laboral, amorosa y personal, y cuando llega un momento en el que no se puede separar lo virtual de lo real”, responde Marc Masip. “Nos enganchamos porque nos hemos dejado engañar por un huracán que no sabíamos que tenía esas consecuencias negativas”, añade.

El perfil del adicto es recurrente: adolescentes y jóvenes, con carácter tímido o baja autoestima. “Hay algo que no funciona en su vida o tienen miedo a que sus relaciones personales fracasen”, argumenta la psicóloga Mercedes Rodríguez. Socializarse a través de la pantalla les hace sentirse más seguros. De hecho, ya no resulta extraño ver a niños de tres años manejando tablets en lugar de correteando tras un balón. Son nativos digitales, han nacido con las tecnologías debajo del brazo.

No hay una explicación científica de por qué los nomófobos convierten al móvil en su pareja, pero sí está demostrado que su bienestar depende de lograr controlarlo. Además de los miles de tests disponibles en la red, o la consulta de especialistas, hay varias aplicaciones que sirven para detectar si realmente una persona sufre nomofobia y para tratar de contenerla.

Terapia y hasta campamentos

En el caso de no poder autocontrolar nuestros impulsos, los profesionales proponen acudir a terapia grupal o individual, o incluso a campamentos de desconexión, una cura voluntaria de varios días en los que se disfruta de actividades y deportes en medio de la naturaleza.

Porque lo cierto es que la tecnología no es mala en sí. Gracias a ella podemos contactar con personas a miles de kilómetros, iniciar una nueva relación en una red social o trabajar de forma más fácil y rápida. Pero no hay que dejarse llevar por su encanto y perderse lo que nos rodea.

Necesitamos mirarnos a la cara, volver a sentir“, defiende Marc Masip. Y también, como también señalan la doctora San Román y la psicóloga Rodríguez, “cambiar los hábitos que no nos permitan alcanzar los objetivos personales”.

Es un proceso de reeducación, en el que participan tanto el adicto como sus allegados. “Al igual que se aprende a no cruzar en rojo, se aprende a prescindir de las cosas que nos hacen daño”, añade la psicóloga.