PINOCHO (Guillermo del Toro)

Convertirse en una persona de verdad

Hay momentos en la vida que no hacen ruido. No vienen acompañados de una celebración ni de una fecha que podamos recordar con exactitud. Sencillamente ocurren. Un día descubrimos que las respuestas que hasta entonces parecían suficientes ya no lo son. Empezamos a cuestionar aquello que siempre habíamos dado por cierto, aparecen nuevas preguntas y comprendemos que crecer tiene mucho menos que ver con la edad que con la manera en que empezamos a mirar el mundo.

Ese cambio suele pasar desapercibido. Desde fuera seguimos siendo la misma persona. Conservamos el mismo nombre, los mismos amigos, la misma familia y, en muchas ocasiones, las mismas rutinas. Sin embargo, por dentro comienza un proceso mucho más profundo. Dejamos de limitarnos a obedecer porque alguien nos dice lo que debemos hacer y empezamos a preguntarnos por qué unas decisiones son mejores que otras. Es el momento en el que la conciencia empieza a despertar.

Quizá esa sea una de las transformaciones más importantes que experimenta cualquier ser humano.

Durante la infancia necesitamos que otros decidan por nosotros. Necesitamos normas que nos protejan, personas que nos enseñen a distinguir lo correcto de lo incorrecto y adultos que nos ayuden a comprender un mundo demasiado complejo para quien acaba de llegar a él. Sin esa guía sería imposible crecer. La familia, la escuela y todas aquellas personas que participan en nuestra educación realizan una labor imprescindible porque nos ofrecen un marco desde el que empezar a construir nuestra vida.

Pero educar nunca puede significar sustituir la conciencia del otro.

Llega un momento en el que cada persona tiene que aprender a pensar, a discernir y a responder de sus propias decisiones. Si ese paso no llega a producirse, seguiremos obedeciendo toda la vida, pero nunca aprenderemos a ser verdaderamente libres.

Y esa diferencia resulta decisiva.

Porque una persona puede cumplir todas las normas por miedo al castigo y seguir sin comprender el valor del bien. Puede repetir las opiniones de quienes la rodean sin haberlas hecho realmente suyas. Puede incluso alcanzar el éxito siguiendo el camino que otros habían preparado para ella y, aun así, sentir que nunca llegó a descubrir quién era en realidad.

Vivimos en una época que, paradójicamente, habla mucho de libertad y dedica muy poco tiempo a educarla.

Estamos rodeados de mensajes que intentan decirnos cómo debemos vestir, qué debemos consumir, qué pensar sobre determinados asuntos o cuál es la mejor forma de vivir. Las redes sociales multiplican esas voces hasta el punto de que, en ocasiones, resulta difícil distinguir entre nuestros propios deseos y aquello que otros han conseguido despertar en nosotros.

Por eso la educación sigue teniendo hoy una misión insustituible.

No basta con transmitir conocimientos. No basta con preparar para una profesión. No basta siquiera con enseñar valores si estos nunca llegan a convertirse en convicciones personales.

Educar consiste, sobre todo, en acompañar el nacimiento de una conciencia capaz de elegir el bien incluso cuando nadie está mirando.

Y pocas películas recientes han sabido representar ese proceso con tanta profundidad como Pinocho, la extraordinaria adaptación que Guillermo del Toro realizó del clásico de Carlo Collodi.

Sería fácil pensar que volvemos a encontrarnos ante el conocido relato de un muñeco de madera que desea convertirse en un niño de verdad. Sin embargo, bastan unos minutos para comprender que esta historia nos conduce por un camino completamente distinto.

El director mexicano conserva la esencia del cuento, pero la sitúa en una Italia marcada por el dolor de la guerra y por el auge del fascismo, un contexto donde la obediencia deja de presentarse como una virtud incuestionable para convertirse en una cuestión profundamente moral. Desde ese escenario, la película deja de preguntarse cómo puede un muñeco convertirse en un niño y empieza a plantear una cuestión mucho más incómoda para cualquier espectador:

¿Qué significa convertirse en una persona de verdad?

La respuesta no llegará a través de la magia ni de los prodigios que acompañan al personaje. Llegará observando a quienes le rodean.

Porque Pinocho nace en un mundo donde todos parecen tener muy claro quién debe ser.

Geppetto, incapaz de superar la muerte de Carlo, mira a Pinocho con el peso de una ausencia que todavía le duele demasiado. Sin darse cuenta, intenta llenar con él un vacío que ningún hijo podría ocupar. El empresario Volpe descubre enseguida que aquel muñeco puede convertirse en un magnífico negocio y solo alcanza a ver el beneficio que puede obtener de él. El poder político encuentra en su inmortalidad la posibilidad de fabricar el soldado perfecto, alguien que pueda obedecer sin cuestionar jamás una orden.

Cada uno proyecta sobre Pinocho sus propios intereses.

Cada uno intenta construir una versión distinta de él.

Y, sin embargo, nadie parece detenerse a descubrir quién es realmente ese niño de madera que acaba de llegar al mundo.

Ahí comienza el verdadero viaje que propone Guillermo del Toro.

No el viaje de quien desea cambiar su aspecto.

Sino el de quien necesita descubrir que ninguna persona puede vivir únicamente respondiendo a las expectativas de los demás.

Porque convertirse en una persona de verdad quizá no tenga que ver con el material del que estamos hechos.

Quizá tenga mucho más que ver con el valor de construir una conciencia propia y aprender a decidir, incluso cuando hacerlo resulte más difícil que limitarse a obedecer.

Cuando otros quieren decidir quién debes ser

Desde que Pinocho llega al mundo, el espectador tiene la sensación de que casi nadie se detiene a descubrir quién es realmente. Todos parecen mirar al pequeño muñeco de madera, pero cada uno ve algo distinto. Ninguno contempla a la persona que tiene delante; contemplan aquello que necesitan de él.

Geppetto no consigue mirar a Pinocho sin que el recuerdo de Carlo aparezca entre los dos. La muerte de su hijo ha dejado una herida tan profunda que cualquier gesto, cualquier palabra o cualquier mirada terminan comparándose con aquel niño que ya no volverá. No es difícil comprenderlo. El duelo tiene esa capacidad de hacernos vivir durante un tiempo entre el pasado y el presente, intentando recuperar lo que sabemos que ya es irrecuperable. Sin embargo, la película muestra con enorme delicadeza cómo incluso el amor más sincero puede equivocarse cuando intenta convertir a otra persona en la respuesta de nuestras propias ausencias.

Quizá esta sea una de las primeras lecciones que deja Guillermo del Toro. Educar nunca puede consistir en fabricar la vida que nosotros habíamos imaginado para nuestros hijos. Amar tampoco significa moldear a alguien para que se parezca a nuestros sueños. El verdadero amor comienza cuando aceptamos que la otra persona ha venido al mundo para escribir una historia distinta de la nuestra.

La película amplía esa idea presentando a otros personajes que también intentan apropiarse de la identidad de Pinocho. El conde Volpe descubre enseguida que aquel muñeco puede convertirse en un magnífico espectáculo. No le interesa su capacidad para aprender, ni su forma de mirar el mundo, ni siquiera su felicidad. Solo alcanza a ver el éxito, el dinero y el reconocimiento que puede obtener gracias a él. Pinocho deja de ser un niño para convertirse en un recurso.

La crítica resulta sorprendentemente actual. Vivimos en una sociedad donde con demasiada frecuencia terminamos valorando a las personas por aquello que producen. El rendimiento académico, el prestigio profesional, la popularidad o la capacidad para destacar parecen convertirse en la medida del valor de cada individuo. Sin apenas darnos cuenta, corremos el riesgo de hacer con nuestros jóvenes lo mismo que Volpe hace con Pinocho: dejar de preguntarnos quiénes son para empezar a preocuparnos únicamente por lo que pueden llegar a conseguir.

Pero la presión no termina ahí.

Guillermo del Toro sitúa la historia en la Italia fascista porque necesita un escenario donde la obediencia adquiera un significado mucho más profundo. El Podestà no busca un hijo ni un artista. Busca un soldado. Necesita jóvenes capaces de cumplir órdenes sin detenerse a pensar si son justas o injustas. La fidelidad al poder se convierte en la mayor virtud y cualquier gesto de pensamiento crítico pasa a interpretarse como una amenaza.

No es casual que el director haya elegido ese contexto histórico. El fascismo representa aquí todas aquellas formas de autoridad que necesitan personas incapaces de hacerse preguntas. Personas que obedecen antes de comprender, que repiten antes de reflexionar y que terminan confundiendo la disciplina con la renuncia a la propia conciencia.

En ese ambiente, Pinocho resulta un personaje profundamente incómodo. Pregunta demasiado. Se sorprende de todo. No entiende por qué tiene que actuar de una determinada manera simplemente porque un adulto se lo ordena. Su ingenuidad, lejos de convertirse en un defecto, termina siendo una forma de resistencia frente a quienes han dejado de cuestionarse aquello que hacen.

Quizá sea esa la diferencia entre la obediencia y la conciencia.

La obediencia necesita una voz que mande.

La conciencia necesita una razón para actuar.

Educar a un niño para que obedezca puede resultar relativamente sencillo. Basta con establecer premios, castigos o normas suficientemente claras. Educar una conciencia es infinitamente más complejo. Exige enseñar a pensar, ayudar a distinguir el bien del mal cuando las situaciones no son evidentes y aceptar que llegará un momento en el que ese joven tendrá que tomar decisiones sin que nosotros estemos presentes.

Es aquí donde Sebastián J. Grillo adquiere un significado que va mucho más allá del personaje clásico que todos recordábamos. No es la voz autoritaria que dirige cada paso de Pinocho. Tampoco actúa como un juez que reparte recompensas y castigos. Su misión consiste en algo mucho más difícil: acompañar el nacimiento de una conciencia.

Lo aconseja, discute con él, intenta hacerle comprender las consecuencias de sus actos y, en muchas ocasiones, se desespera porque sus palabras parecen caer en saco roto. Sin embargo, nunca puede decidir en su lugar. La película acierta al recordarnos que la conciencia no puede prestarse. Cada persona debe construir la suya a partir de las experiencias vividas, de los errores cometidos y de las decisiones que va tomando a lo largo de su camino.

Tal vez por eso Pinocho necesita equivocarse tantas veces. Cada error le permite comprender algo que nadie habría conseguido enseñarle únicamente con palabras. Descubre que la confianza puede romperse, que las decisiones tienen consecuencias y que el amor verdadero no consiste en recibir siempre aquello que deseamos, sino en aprender a entregar una parte de nosotros mismos por el bien de quienes amamos.

Al terminar esta parte de la historia, uno comprende que el gran viaje de Pinocho nunca fue dejar de ser un muñeco de madera. Ese era solo el relato que conocíamos cuando éramos niños.

El verdadero viaje comienza cuando descubre que convertirse en una persona de verdad significa aprender a decidir quién quiere ser, incluso cuando el mundo entero parece haber decidido ya quién debería llegar a ser.

¿Me acompañas?

Hay una escena en Pinocho que, probablemente, resume toda la película sin necesidad de grandes discursos. No es una batalla, ni una persecución, ni uno de esos momentos espectaculares que suelen permanecer en la memoria del espectador. Es mucho más sencilla. Pinocho comprende poco a poco que las decisiones importantes no siempre vienen acompañadas de aplausos. Al contrario. Con frecuencia significan perder algo. Perder la comodidad de que otros piensen por nosotros, renunciar a la aprobación de quienes esperaban otra cosa o aceptar que hacer lo correcto puede resultar más difícil que hacer lo fácil.

Quizá todos hemos pasado por situaciones parecidas.

Hay momentos en los que decir la verdad parece complicarnos la vida más que ocultarla. Momentos en los que defender a una persona puede significar quedarse solo. Ocasiones en las que seguir a la mayoría resulta infinitamente más sencillo que mantener una convicción propia. Y, sin embargo, es precisamente en esos pequeños instantes donde empieza a construirse la persona que seremos dentro de unos años.

La conciencia no se forma el día que tomamos una gran decisión. Se educa mucho antes, casi siempre en los detalles que pasan desapercibidos. En la forma en que tratamos a quien no puede ofrecernos nada a cambio. En la honestidad con la que reconocemos nuestros errores. En la capacidad para pedir perdón. En el esfuerzo por mantenernos fieles a aquello que sabemos que es justo, incluso cuando nadie nos observa.

Quizá por eso Guillermo del Toro convierte a Sebastián J. Grillo en algo más que un personaje simpático. No representa una voz que ordena, sino una presencia que acompaña. La conciencia nunca grita. No obliga. No humilla. Simplemente permanece ahí, esperando que aprendamos a escucharla. Después, la decisión siempre será nuestra.

Y esa idea cambia también la manera de entender la educación.

Durante demasiado tiempo hemos confundido educar con conseguir obediencia. Sin embargo, la obediencia desaparece en el momento en que deja de existir una autoridad que vigile. La conciencia, en cambio, permanece incluso cuando estamos completamente solos. Esa es la diferencia entre actuar correctamente porque alguien nos mira o hacerlo porque hemos comprendido el valor de nuestras propias decisiones.

Una reflexión para jóvenes, familias y educadores

Si eres joven, quizá esta película quiera decirte algo que nadie debería olvidar mientras intenta encontrar su lugar en el mundo. Habrá muchas personas que intentarán definirte antes incluso de que tengas la oportunidad de descubrir quién eres. Algunas lo harán porque te quieren y creen saber qué es lo mejor para ti. Otras porque esperan obtener algo de ti. Y algunas simplemente porque resulta más cómodo convivir con personas que no hacen preguntas.

Escucha los consejos. Aprende de quienes tienen más experiencia. Déjate ayudar. Pero no renuncies nunca a desarrollar un criterio propio. La verdadera madurez no consiste en llevar la contraria, sino en ser capaz de pensar antes de decidir y asumir después las consecuencias de aquello que has elegido.

Si eres madre o padre, Pinocho también plantea una pregunta incómoda. ¿Educamos para que nuestros hijos se parezcan a nosotros o para que lleguen a ser plenamente ellos mismos? Geppetto ama profundamente a Pinocho, pero necesita recorrer un largo camino hasta comprender que aquel niño nunca podrá sustituir al hijo que perdió. Solo cuando deja de intentar moldearlo según sus propios deseos empieza a quererlo por quien realmente es. Quizá ese sea uno de los mayores actos de amor que puede realizar una familia: acompañar sin poseer, orientar sin controlar y aceptar que cada hijo está llamado a escribir una historia diferente.

Y quienes trabajamos en la educación encontramos en esta película una responsabilidad inmensa. Enseñar contenidos es importante, pero formar personas lo es todavía más. Cada conversación, cada corrección, cada oportunidad que ofrecemos para reflexionar puede convertirse en un pequeño paso en la construcción de una conciencia libre. Educar nunca ha consistido en fabricar alumnos obedientes. Ha consistido siempre en ayudar a que cada persona llegue a ser capaz de elegir el bien cuando nadie le dice lo que tiene que hacer.

La pregunta que se queda

Al terminar la película, es fácil recordar a Pinocho como el muñeco que soñaba con convertirse en un niño de verdad. Sin embargo, quizá Guillermo del Toro quisiera dejarnos una pregunta mucho más profunda.

Porque la cuestión nunca fue de qué estaba hecho Pinocho.

La verdadera pregunta es de qué estamos hechos nosotros cuando llega el momento de decidir.

Cuando nadie te dice lo que debes hacer, cuando no hay premios, castigos, aplausos ni reconocimiento… ¿es tu conciencia quien guía tus decisiones o simplemente sigues el camino que otros han elegido por ti?

José María Sánchez Villa

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