En estos días feriados, con motivo del aniversario patrio en mi país (Perú), estoy aprovechando para repasar y repensar algunas ideas relacionadas con mi trabajo como docente universitario. El núcleo, por llamarlo así, de mi labor es el trabajo con alumnos recién ingresantes a la universidad. En este trabajo es usual caer en los lugares comunes como que cada vez los alumnos vienen menos preparados para los estudios universitarios, que parece que en el colegio ya no enseñan bien, etc. Considero que vale la pena pensar en lo que se pueda hacer con estos muchachos. Tal vez, siguiendo el dicho que reza “con estos bueyes nos toca arar”, será mejor quejarnos menos y buscar alternativas de solución.
Desde hace un tiempo atrás vengo considerando, lo que, a mi parecer, son dos ejes claves en esta adaptación o inserción adecuada a la vida y al estudio universitarios. Estos dos ejes son el compromiso y la disciplina. Ejes que estimo fundamentales. El compromiso lo relaciono con la actitud con la que el alumno enfrenta esta nueva etapa. Hace referencia a la responsabilidad, acorde a la madurez de su edad, que asume ante el inicio de su formación universitaria. Considerando, o al menos así se asume, que se trata de una elección libre, es de esperar una actitud de coherencia. Este compromiso se manifiesta en la responsabilidad con la que va asumiendo los retos propios del estilo universitario, traducido en la atención con que se está en clase, la puntualidad para llegar a la clase a tiempo. Y si vamos hacia atrás, enrollando la madeja, nos veremos con la puntualidad con la que sale de su casa, con la que se levanta. En fin, tiene que ver ya con algo importante en la vida de cada persona: el aprovechamiento adecuado del tiempo.
Por otro lado, también está la disciplina, el otro eje Este sí tiene una componente que se manifiesta en las actividades universitarias, pero tiene ya un desarrollo previo durante la etapa escolar y evidentemente en la familia. Gracias a la disciplina es que se puede soportar y mantener en el tiempo ese esfuerzo por sacar adelante esa elección libre que se ha hecho al escoger unos determinados estudios universitarios. Es verdad que el alumno que ingresa a la universidad, al menos en mi país ingresa con 16 o 17 años, y constituye una realidad un poco especial porque estamos ante jóvenes que aún no han completado su desarrollo tanto mental como emocional, y por lo tanto no se le puede pedir un nivel de madurez distinto. Aquí la disciplina se manifiesta en la exigencia que cada quien se impone para cumplir con aquello que incluso, en algún momento, puede que no nos guste realizar. La disciplina sería eso: la capacidad de hacer lo que debo porque me doy cuenta de que me hace bien, aunque en ese momento no acompañe el gusto por hacerlo.
Puestos a hacer combinaciones se puede pensar en compromiso, pero sin disciplina: estaríamos ante un manifiesto de buenas intenciones pero que no perduraría en el tiempo. Si no hay compromiso, pero sí disciplina: sería un comportamiento en el que se cumple con los deberes, pero no hay un sentido para lo que se hace. Lo ideal sería un compromiso unido a la disciplina: hay garantía, no absoluta, pero sí razonable de un progreso sostenible. Llegar a este estado ideal puede que requiera pasar por una etapa en la que se irá descubriendo qué es lo que funciona y qué no, y qué es le lo que le conviene hacer en cada momento. Ambos ejes, el compromiso y la disciplina son por denominarlos así dinámicos y con esto quiero decir que irán variando, en el tiempo y las condiciones personales de cada uno.
No es que ya no necesite compromiso ni que tenga que esforzarse para la disciplina, pero probablemente pueda cambiar la intensidad y el sentido aplicado. Con el paso del tiempo, este puede jugar a favor de cada alumno. Puede terminar favoreciendo el tener más claro lo que quiere, las dudas iniciales pueden haberse despejado y en cuanto a disciplina los hábitos pueden haberse ya instalado y resulten meno difícil hacer lo que tengo que hacer. No es que desaparezca la dificultad probablemente costará menos a una persona cuando ya tiene un tiempo practicando una serie de hábitos.
No quiero detenerme en la consideración de estos ejes solamente en la parte inicial de la carrera. Habrá un desarrollo al avanzar en los cursos académicos y también se manifestará de otra manera a mitad de carrera o hacia el final de carrera. La importancia de estos dos ejes se hará extensiva a la etapa profesional. Cada que hay un cambio como del colegio a la universidad o de la Universidad al trabajo se puede presentar una crisis que hay que saber manejar. Como en muchos casos, la crisis no es el problema, sino que lo es la forma como manejamos, es como el miedo, no es malo tener miedo, lo malo es no saberlo manejar, sino que sea el miedo que tome el mando.
Hay cambio de circunstancias: ya no hay que ir a unas clases, ya no hay que rendir unos exámenes para aprobar el curso. En el campo profesional lo que importa es el aporte de valor que pueda ir haciendo con mi quehacer profesional. Por otro lado, también está lo que se va aprendiendo: un punto a tener en cuenta. En la universidad se aprende, pero lo que se aprende en el trabajo está en otro nivel. En el campo profesional se aprende a evaluar alternativas, a tomar decisiones, a decidir sobre planes de acción para resolver un problema. Todo esto ya sucede en un nivel distinto, estamos en otro campo de acción.
En ambos escenarios contemplados siempre se agradecerá tener alguien que pueda orientarnos tanto en la época de los estudios universitarios como en la época profesional. Es más o menos usual que en la universidad y en el colegio se cuente con un profesor o tutor que proporcione orientación sobre como estudiar, cómo aprovechar nuestro tiempo. De modo similar, en el trabajo, es bueno tener quien nos vaya acompañando, quien nos ofrezca un tiempo de inducción. Alguien que esté cerca, para ayudar a entender mejor lo que es la empresa, lo que se espera de nosotros y, si hace falta, corregir algo que por algún motivo no estamos entendiendo bien. Sea como sea siempre será beneficioso contar con alguien que nos pueda orientar y que facilite esa inserción en esta nueva etapa. Esto sí que es un buen servicio.

