«El perdón es un milagro que nos permite seguir viviendo» Hannah Arendt (1906-1975)  

Quizá nunca te hayas parado a pensar en el perdón, algo tan grandioso y que con frecuencia pasa desapercibido, tanto el que otorgamos como el que se nos concede. Bien supo de esto la filósofa judía cuya frase encabeza el artículo y que hubo de sufrir “la banalidad del mal” tras la Segunda Guerra Mundial. Por eso os animamos, ahora, a contemplar el perdón y a recrearnos en él, en tiempos que invitan a elevar el umbral de la propia sensibilidad hacia la trascendencia de nuestra vida.

¿Te gusta perdonar? ¿Has paladeado el buen sabor del perdón otorgado con caridad y humildad?  Con ese ejercicio nos ahorraremos el sufrimiento que se deriva de los pequeños o grandes rencores que anidan en el alma de quien no perdona. Estos acaban sufriendo heridas en el corazón, agudas o crónicas, que sólo sanan con el bálsamo del perdón recibido. La Dra. Karen Swartz, directora de la Clínica para los Trastornos del Ánimo del Johns Hopkins Hospital Medicine, de Baltimore, Maryland, EE.UU, señala como el enfado crónico a través del modo Lucha-Huida, genera alteraciones cardiacas, de la tensión arterial y de la respuesta inmune, aumentando el riesgo de Depresión, Cardiopatía, Diabetes y bajando el umbral del Dolor. Y, al contrario, en un estudio prospectivo encuentra una correlación positiva entre el perdón y la salud a lo largo de los años.

Otro ilustre autor, Tyler J. VanderWeele, profesor de epidemiología en la Escuela de Salud Pública T. H. Chan de la Universidad de Harvard, Cambridge, Mass., EE.UU., aclara que el perdón no es algo abstracto sino que consiste en reemplazar la mala voluntad hacia el malhechor, deseándole lo mejor. Y como sabe que no es algo fácil de alcanzar proporciona distintos modelos. El modelo de Enright consta de hasta veinte pasos en cuatro fases: Reconocer sentimientos negativos por la ofensa; Decidir perdonar en concreto; Comprender al infractor; y Empatizar con sentimientos positivos hacia éste. Y es que el perdón bien paladeado sabe divinamente y es difícil discernir cuál de los dos actos engrandece más: perdonar o pedir perdón. Finalmente pensamos que el segundo, porque requiere una mayor dosis de humildad.

Solicitar el perdón es lo propio cuando descubrimos nuestros errores personales, ¿y quién padece tan nefasta miopía como para no ver y reconocer, como cosa ordinaria, los propios yerros?  Solo los ríos no saben rectificar, no pueden pedir perdón. ¿Y nosotros?  Podemos y debemos pedirlo.

Se dice que: “Dios perdona siempre, las personas algunas veces, y que la naturaleza no suele hacerlo”. Es algo que parece cierto, más si reparamos nuestra propia experiencia.  ¿Hay algo tan asequible y a la par tan difícil como perdonarse a sí mismo?  Cuesta ¿verdad?  Pues el texto del libro Respuestas no promesas de Rita Antoinette Francis Rizzo, más conocida como la madre Ángélica, lo intenta:

“…decidí dar un paseo junto al mar. Me encanta el océano… / me detuve como de costumbre a unos diez metros de la orilla y llamé a las olas para que se me acercaran… / Me sorprendió comprobar que una ola me había oído. De pronto vi que estaba a punto de ser zambullida por una de las olas más gigantescas que he visto en mi vida. Quedé atónita, sin poder moverme./ – ¡Corra, corra! -chillaba todo el mundo en la playa. Pero con mi pierna ortopédica anclada firmemente en la arena no podía dar un paso./ De pronto la ola se estrelló a mis pies, empapando mis zapatos e incluso el dobladillo de mi hábito. Al levantar la mirada, vi que una gota diminuta se había depositado sobre mi mano. Era realmente hermosa. Brillaba como un diamante a la luz del sol.  / La belleza de aquella minúscula gota me afectó tan profundamente que me sentí indigna de ella y ante mi propia sorpresa la devolví al océano. / Entonces mi extraña paz se vio interrumpida por la voz del Señor, que me decía: / -Angélica. – Sí, Señor _ respondí. – ¿Has visto esta gota? – Sí, Señor. / – Esa gota es como tus pecados, tus debilidades, tus flaquezas y tus imperfecciones. Y el océano es como mi Misericordia. Si buscaras esa gota, ¿podrías hallarla? / – No, Señor. – En tal caso, ¿por qué sigues buscándola? _me dijo entonces en un susurro.  / Si puedes entregarle a Dios tu culpa, como le entregas tus pecados, estarás curado. / Dios perdona y olvida. / Arroja tu culpa al océano de su misericordia”.

Así, con este conocimiento y reflexión, sólo queda añadir: Perdónate, goza del perdón recibido y enseña a perdonar.  Tu vida será un camino alegre y rico en esperanzas, a la vez que un precioso regalo para quienes te tratan.’

Dr. Manuel Álvarez Romero, Médico Internista.

Dr. José Ignacio del Pino Montesinos, Médico Psiquiatra.

Ver también: “Las encrucijadas del perdón” y en este blog “Pedir perdón. Una actitud de los directivos