No sé si a ti te habrá pasado, pero yo hasta tuve un jefe que me llegó a decir en diversas ocasiones: “¡Tú, no te quieres!”. Cuando lo escuché por primera vez me dije para mí misma que este jefe estaba confundido. ¿Cómo no me iba yo a querer? ¿Era posible no quererme a mi misma? No voy a entrar en los detalles de que vería en mí, en mi forma de trabajar … Para regalarme tal afirmación, porque esto solo él lo sabe y nunca fue más explícito que esto.

La verdad es que había vivido focalizada en conseguir retos profesionales, empecé trabajando como becaria en la Volkswagen en el departamento de Controlling/Finanzas y había conseguido ganar (60.000 pts) más de 12 veces más al mes, coche de empresa, seguro de salud privado, plan de pensiones…. Y allí no encontraba mi felicidad, sentía un vacío, muchas cosas materiales a mi alrededor, pero ¿dónde y cómo estaba yo?

El caso es que con el tiempo me he dado cuenta de que no practicaba conmigo la autoempatía, que era yo la que me exigía resultados, disponibilidad, echar el arresto para sacar los proyectos adelante…

Los que me conocen o han interactuado conmigo saben que tengo una tendencia a estar pendiente de los demás; soy muy empática y, como además, tengo pensamientos del tipo ‘para mí ya tendré tiempo’, pues no me presto atención; si total yo conmigo siempre estoy ahí; y así se me van colando todas las cosas urgentes de los demás y al final del día, ya no tengo energía para mis cosas, se quedan para mañana y mañana para mañana…

Os voy a contar como ejemplo lo que me ocurrió el 11 de septiembre el Logroño; era la VI Carrera de la mujer por la investigación. El día anterior mi hermana me había regalado unos deportivos, y me pareció que era una muy buena ocasión para estrenarlos y hacer aprecio al regalo. Así que hice la carrera con mis amigas y cuando ya se había pasado un ratito de llegar a meta y nos disponíamos a ir a una terraza a tomar algo, una amiga mía dijo que tenía un poquito rojos los talones y que se iba a pedir una tirita.

Os podéis creer que necesite que mis neuronas espejo, me espejaran, fuera lo que me podía estar pasando a mí. Fue entonces cuando dirigí la atención a mis talones y ¡madre mía¡, yo no los tenía rojos, yo había tenido una ampolla que ya se había reventado y estaban ya en carnecita… a partir de ahí no podía caminar, ya era consciente de ese terrible dolor, pero que como había estado pendiente de lo que ocurría en el exterior… ni cuenta me había dado.

Una de mis frases es:

“Tu cuerpo susurra,

tu cuerpo grita,

¿a qué volumen necesitas que te hable a ti para escucharle?”

En fin, yo os contaré que voy mejorando porque me han sucedido, digamos que ‘mayores gritos” pero no es cuestión de profundizar más en esta cuestión porque lo importante es practicar e incorporar la autoempatía, el tratarse bien, ya que estar solo pendiente del otro no solo te desgasta y consume, sino que también te genera mucho estrés.

A veces tenemos prejuicios de que, si nos cuidamos, nos atendemos, somos egocéntricos o narcisistas. Pero ¿qué pasa si no lo hacemos?, si vivimos en autoexigirnos en continuo, si nos castigamos por no haberlo hecho bien… Pues así generamos estrés y más estrés y no conseguimos salir de esa rueda, vivimos en la infelicidad.

Os lo voy a explicar a través de una metáfora, no sé si os gusta la jardinería, pues bien vamos a hablar de la regadera, es decir, el útil a través del cual regamos (cuidamos) las plantas:

Así que tenemos una regadera con la que siempre hacemos lo mismo:

1.- Vamos al grifo, la llenamos de agua

2.- la repartimos por las plantas.

Si no la cuidamos, si no hacemos nada, llegará el día en el que veamos que nuestras plantas se van secando.

Y es que esta regadera con el paso del tiempo el agua va decantando cal y otras impurezas que se van quedando adheridas a las paredes y, por tanto, cabe menos agua dentro de ella. O quizás se haya golpeado, ahora tenga un bollo y con esto tiene menos capacidad en su interior. También le pueden salir fisuras e ir perdiendo el agua por el camino, por lo que a las plantas también llega menos agua.

Pues lo mismo nos pasa a nosotros, que si no nos cuidamos el cómo cuidamos al otro también se ve mermado. Así que practicando la autoempatía: compremos nuestros pensamientos, emociones e impulsos, eso sí, sin juicios, porque te mereces tratarte con la misma amabilidad, preocupación y apoyo que le darías a un buen amigo, y no estar castigándote o reprochándote por no haber logrado algo o por cómo te has comportado en tal o cual situación. Con la autoempatía no solo ganas en como estas tú, sino que también ganan calidad con los que interactúas. Así que, si no lo quieres hacer por ti, lo puedes hacer también por ellos. Esto es, en la teoría de juegos es un ganar-ganar.

Ya en los aviones nos recuerdan que en caso de emergencia debes ponerte la mascarilla de oxígeno a ti primero. Vivimos en un mundo tan hacia afuera que nos olvidamos de mirar para adentro; así que priorízate, escúchate, préstate atención, háblate como le hablarías a un buen amigo, acepta la emoción que tengas en cada momento, pasa página, aprende de tus errores y desde ahí verás como cambia en el exterior.

 María Jesús Sáenz Suso

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