En una época con dificultades de empleo, encuentran eco las propuestas para que los estudios universitarios sean “prácticos” y se orienten al mercado laboral. Pero lo práctico no siempre es lo más útil. Lo recuerda Peter Cappelli, Director del Center for Human Resources de la Wharton School, en un artículo publicado en el Wall Street Journal sobre cómo ayudar a los que van a empezar la universidad a escoger la carrera más apropiada.
Aunque no pretende hacer una reflexión global sobre el papel de las humanidades ni sobre cuál sea el objetivo fundamental de la educación, el texto plantea desde un punto de vista práctico algunas objeciones a la idea, cada vez más extendida, de que los estudios de carácter profesional representan el futuro para el sector educativo, y en concreto el universitario.
En concreto, Cappelli se refiere a que los que se gradúan en uno de estos programas suelen encontrar un primer trabajo en menos tiempo que los graduados en estudios como Humanidades o Artes Liberales; sin embargo, la especialización les hace menos flexibles, con lo que tienen más dificultad para adaptarse a un mercado laboral cambiante. Incluso en el nicho laboral de las tecnologías, que ha producido una auténtica fiebre de grados de carácter profesional en las universidades, el tiempo ha demostrado que existe una gran incertidumbre sobre cuáles serán las “gallinas de los huevos de oro” en el futuro.
Humanidades para entender el mundo.
Mientras que el artículo de Cappelli se limita a recordar algunos riesgos prácticos de los estudios demasiados especializados, otro publicado en la revista Quadrant por Kevin Donnelly hace una reivindicación de lo que denomina la “visión conservadora” de la educación, como contraria a la “visión utilitarista” que caracteriza a nuestros tiempos.
Donnelly, director de Education Standards Institute, critica el énfasis en los programas vocacionales, como si la educación fuera simplemente una fábrica de trabajadores capacitados. De ahí que se hable tanto de capacidades y tan poco de conocimientos. Además, señala el autor, este utilitarismo se ha visto favorecido por otra de las ideas preferidas de la pedagogía moderna: que el estudiante tiene que ser el centro del currículum y el motor de su propio aprendizaje. Esto restringe la educación al mundo del alumno, en el que las preguntas sobre las grandes cuestiones (filosofía) o sobre la humanidad y sus formas de expresión (historia, artes) no ocupan un lugar predominante. Citando a T.S. Eliot, Donnelly explica que la educación debe vacunarnos “contra la tentación de la pura contemporaneidad”.

