Mañana es Navidad. Para todos, también para los no creyentes –al menos los que se preguntan por el sentido de las cosas-, la Navidad es una ocasión para reflexionar sobre una realidad histórica en un doble aspecto: ocurrió en un momento determinado y es un hecho excepcional que tiene vigencia actual. Generalmente, en estas fiestas, son habituales las referencias a la paz, la solidaridad y la armonía.

Los buenos sentimientos y acciones hacia los demás tienen como fundamento común la solidaridad, que presenta diversas manifestaciones. Ser solidarios se opone al individualismo y al desinterés por los problemas de los demás.

Uno puede ser solidario con otros en un negocio, en el deporte, etc., al compartir riesgos e intereses. Pero ¿qué nos lleva a deber ser solidarios –en mayor o menor grado- con los demás, especialmente con los pobres y enfermos y con los que sufren injusticia, padecen soledad, no reciben educación y cultura, que es cuando más se aplica la palabra solidaridad?

Con frecuencia se llama solidaridad al vínculo con las personas necesitadas y a la virtud que inclina a asumirlo: a saberse y a sentirse ligado a las necesidades de los demás, y a procurar remediarlas. En su sentido auténtico se trata de un sentimiento no hacia los demás en general, sino hacia cada persona concreta. La solidaridad no es la «conciencia social» de quien se preocupa de la pobreza, pero le importan poco los pobres (cada pobre, cada persona).

Hay que tener los conceptos claros porque sin esa estructura intelectual, los actos de caridad con los necesitados dependerían de un sentimiento autónomo más o menos intermitente, con el riesgo de descuidarlos cuando ese sentimiento esté ausente; o de desatender, por excederse en la dedicación a los demás, otros deberes, que a veces son graves.

Muchos conocemos acciones solidarias como las que organizan diversos centros juveniles, parroquias, Caritas, ONG, etc., para visitar a personas en situación de calle y darles comida, alimentos. Estas acciones son realizadas con frecuencia por jóvenes. Es evidente que, con esas acciones, no se pretende resolver estructuralmente la pobreza. Sin embargo, además de la concreta ayuda material puntual, se facilita a los jóvenes que participan que puedan ver de cerca las necesidades ajenas y acercarse así al núcleo de la caridad. Se ponen de este modo las bases para afrontar en el futuro las diversas dificultades de los demás, también desde el punto de vista material, en la medida que sea posible para cada uno desde su posición en la sociedad, evitando la deformación de realizar «obras de caridad» sin verdadera «caridad», sin comprensión. Porque quien no supiera com-padecerse de la indigencia ajena, no podría llevar a cabo auténticas «obras de caridad» con los necesitados: más que levantarlos, podría incluso humillarlos.

El contacto con la pobreza ayuda –sobre todo a los jóvenes- a valorar desde chicos lo normal, a no tener caprichos innecesarios (en comida, ropa, juegos), a comer lo que se les pone en el plato familiar, aprovechar con naturalidad e iniciativa las sobras de las comidas, sobreponerse a la inquietud efímera de estar “al último grito” de la moda, etc. Una persona que no aprende a renunciar a algo tendrá dificultades en vivir la solidaridad o –dicho de otro modo- en salir de su egoísmo.

Por todo esto, la solidaridad, aunque es preferencial con los más necesitados, no conoce discriminaciones de ningún tipo. Es también el fundamento de los derechos humanos y de las políticas sociales universales: se accede a ellos no por la raza, el sexo o la orientación sexual, sino por ser persona, por pertenecer a “la familia humana”.

En la tradición judeocristiana, este planteamiento queda elevado en cuanto no se basa en un genérico «amor al hombre» o una filantropía hecha de “sentimientos” de solidaridad con nuestros semejantes, sino en un motivo más profundo: se funda en la convicción de que Dios ama a cada uno personalmente, así como es. Por eso se hizo hombre, nació en un pobre pesebre y murió en la Cruz.

Quizá sería bueno proponerse algunas acciones solidarias para vivir la Navidad con sentido trascendente: visitar a algún pariente o amigo que pasa un momento difícil, ayudar a una familia necesitada o cualquier otra acción que un corazón generoso nos sugiera.

Termino felicitando la Navidad. Lo quiero hacer con un artículo que he publicado recientemente: ¿Cómo vives la Navidad? Al final se dice:

Te deseo que estas navidades sean distintas a las anteriores, que trates de vivir el espíritu de Belén, junto a María y José. Así en tu familia se conseguirá que haya calor de hogar, lleno de cariño y alegría.

Fuente; «Todo el año debería ser Navidad«